El entail: ¿Por qué Collins hereda Longbourn?

Hay mucho más que amor, sentimientos, desengaños o emociones en las novelas de Jane Austen. El trasfondo argumental de estos libros desvela cómo era la sociedad de la época, las relaciones humanas y los códigos que regían la vida. Muchas de las situaciones que se presentan en estos libros pueden resultar difíciles de interpretar, quizás porque se desarrollan en el contexto de un sistema legal desconocido para nosotros.

El propósito de este artículo, y de algunos más que iremos publicando sucesivamente, es explicar algunas de las instituciones legales del derecho inglés del siglo XIX. De esta manera, este artículo pretende que podamos entender los dilemas a los que se enfrentan los personajes de la autora, y las razones por las que, por ejemplo, y de forma inexplicable para nosotros, encantadoras señoritas de acomodada vida bajo el techo de sus padres tienen la angustia de saber que todo se perderá si su padre fallece y se hallan sin marido. Entenderemos cómo un pariente lejano, al que nadie conocía pero que ahora se revela como despiadado y arrogante, puede recibir en herencia la casa donde ahora viven estas señoritas. Incluso cómo, al casarse, podrían perder todos sus bienes en favor de su marido.

No es este el sitio para realizar un estudio minucioso de cada institución legal: perdón, por tanto, si abordo las figuras legales de forma superficial, pero de esta manera espero llegar más fácilmente a los lectores legos en Derecho, que podrían verse confundidos si nos embarcamos en sesudas explicaciones y tecnicismos legales.

Comencemos por decir que, a diferencia del sistema hereditario existente en España donde hay herederos forzosos (hijos, padres, etc., que invariablemente heredarán por ley), en Inglaterra no existe la institución del heredero forzoso: por el contrario, toda persona es libre de dejar sus bienes en su testamento a quien lo desee. No obstante, en el periodo en el que se desarrollan las novelas de Austen existe una excepción a esta regla: la Primogenitura, por la que el descendiente varón de más edad hereda obligatoriamente, entre otros, los bienes inmuebles y en particular el bien más preciado para una familia inglesa de la época, aquel que garantiza la continuidad del prestigio y el poder: la casa familiar. (Hoy en día está limitado al título nobiliario. La Primogenitura, en el caso español, como es conocido, fue recientemente abolida por sentencia del Tribunal Supremo, que otorgó el derecho a heredar el título nobiliario al hijo/a mayor con independencia de su sexo).

Resultado de imagen de bennet sistersAnte esta situación cabe preguntarse qué sucede en casos en los que no existe tal hijo varón. Cabría pensar que, como en el caso del Sr. Bennet en “Orgullo y Prejuicio”, feliz padre de cinco hijas, sin descendientes varones, su casa pasase, a su muerte, a dividirse entre ellas o fuese a parar a quien el designase. Esto sería lo que automáticamente ocurriría a la muerte del Sr. Bennet, según la ley, de no haber ninguna otra especificación testamentaria. De tenerse sólo descendientes de género femenino, las posesiones de un caballero se dividirían entre ellas a partes iguales, sin tener la primogénita preferencia.

Sin embargo, comprobamos a medida que trascurre el relato, no sin cierta intriga, que ello no puede ser así y que la casa pasará a ser propiedad de aquel pariente lejano (primo o sobrino), al que nadie conocía y que se revela como despiadado y arrogante: Mr. Collins heredará, sin escrúpulo alguno, Longbourn, a pesar de tener una casa propia en su parroquia. ¿Por qué?, ¿Qué impide al Sr Bennet dejar su finca a quien le plazca? ¿Qué puede haber tan poderoso, de tan obligado cumplimiento, que prive a las encantadoras hijas Bennet de su casa y las obligue a marcharse de donde vivían con apenas un periodo de gracia de una semana?

Resultado de imagen de mr collinsPronto abandonamos esta intriga para sumergirnos en el resto de la obra, pero mi cabeza de abogado me hizo buscar la razón de esta situación a medida que leía el libro, y más aún al ver la película, ya que esperaba quizás que, resolviendo el problema, William Collins, el estúpido primo, o sobrino, pariente lejano en todo caso, quedase así, alejado, y Elizabeth Bennet me distinguiese con el honor de ser mi clienta.

En fin, volvamos al nudo de la cuestión. La solución a la intriga está en una antigua y para nosotros muy desconocida institución legal inglesa denominada “entail”. Ya hemos comentado más arriba la importancia para las nobles, y no tan nobles, familias inglesas perpetuar la propiedad de la casa en manos de un solo heredero. Éste debería ser varón y perteneciente a la familia. El objetivo es evitar que la propiedad caiga en manos de varios herederos (herederas en el caso del Sr Bennet) que se verían quizás obligadas a vender la finca por no poder mantenerla o simplemente para evitar compartir una propiedad entre varios. La forma de evitarlo, según el derecho inglés, sería establecer una limitación en la forma en la que los sucesivos propietarios pudiesen disponer en testamento de la casa: así, el propietario otorga un documento denominado entail, un acuerdo familiar que, brevemente, diría (quiero imaginar): “queda limitada la disposición testamentaria de Longbourn en favor de cualquier otra persona que no sea miembro de la familia y varón, sea este descendiente directo o no del propietario.”

Deducimos así (aunque no se menciona en el libro, sí se dice que existe una “disposición testamentaria” que las hijas Bennet intentan explicarle a su madre) que la persona de la familia que dejó en herencia la casa al Sr. Bennet, digamos para simplificar, su padre o su abuelo, la dejó con un entail. Por este acuerdo la disposición de la propiedad inmobiliaria en testamento queda sujeta a unas restricciones previamente establecidas. Y este era sin duda el caso de Longbourn.

Resultado de imagen de mrs. bennetLa Sra. Bennet no quiere entender de disposiciones y acuerdos legales y recrimina a su marido en el Capítulo 13 diciendo: “Tengo por una desgracia el que tus hijas no puedan heredera esta propiedad y estoy segura de que si me viera en tu lugar hace tiempo que habría intentado algo para evitarlo”. Sin embargo, el pobre Sr Bennet, no importa el amor que profesase a sus hijas, no podía hacer nada. El entail era un documento difícilmente anulable. Longbourn jamás sería para ellas, sino para Collins, hijo de un primo suyo con quien, para colmo de males, no tenia en absoluto buena relación como consecuencia de los pleitos que había mantenido con su padre, como se menciona brevemente en la novela, en la carta del Sr. Collins: es posible que dichos pleitos fueran a causa de los intentos del Sr. Bennet, a pesar de lo que le recrimine su esposa, de anular el entail. Porque, efectivamente, sí hay una cosa que el Sr Bennet hubiera podido hacer si su situación económica se lo permitiese: llegar a un acuerdo con Collins y comprarle el entail para anularlo.

Resultado de imagen de mr. bennetSi las partes estuviesen de acuerdo, podrían llegar a la compra por un precio del entail. Así, el actual propietario (el Sr. Bennet) podría llegar a un acuerdo con el futuro dueño (el Sr. Collins) y pagarle una cantidad que anulase el entail dejándole libre para su disposición testamentara de la forma que el desease. Podría incluso hipotecar la casa para ello, y es posible que lo intentase con el padre de Collins. Así se lo hice saber a Elizabeth, pero el pérfido William Collins no accedió a la venta, y, claro, sin su consentimiento no fue posible y ella nunca fue mi clienta. A la luz de esta revelación, el personaje de Collins resulta aún peor, pues es perfectamente consciente de la situación, y podría acordar un precio con el Sr. Bennet que salvase a sus primas de la indigencia, especialmente sabiendo que, si bien Longbourn supondría ingresos para él si lo alquilase, Collins no lo necesita como vivienda, siendo un clérigo con parroquia propia.

Rafael Truan Blanco

Abogado y secretario del Patronato de la Jane Austen Society España.

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¿Como se vestía Jane Austen, y por qué? Un rápido repaso a la moda de Regencia

Todos conocemos los cortes imperio y las faldas etéreas de la época de Jane Austen. No obstante, ¿por qué se llevaban en la época?

La época de Regencia estuvo fuertemente influenciada por la Revolución Francesa; para la nación inglesa, la mera idea del pueblo levantándose en contra de la familia real era, naturalmente, un trauma. No obs

tante, era de Francia de donde venían las modas, y a pesar de no querer imitar a sus vecinos galos en comportamiento, los ingleses no pudieron evitar que la moda cruzase el canal.

La principal razón de los franceses para cambiar el modo de vestir era sencillo, derivado del cambio social: nadie quería ya imitar a la nobleza. La afinidad por las clases altas se había convertido en algo mal visto y, como consecuencia, quedaron muy pronto atrás los intrincados diseños con los que identificamos hoy en día a la reina María Antonieta. Las mujeres se deshicieron de los aros de sujeción de las faldas; miriñaques, volantes, encajes y puntillas desaparecieron en favor de faldas más cómodas, algo más cortas (incluso tobilleras) como las de las mujeres de la clase trabajadora. La Revolución defendía al individuo frente a la masa de la sociedad: el romanticismo se basaba en el “yo”. Así, la naturalidad de la figura y la exaltación del individuo se vio reflejado en provocadoras vestiduras, más ligeras, que permitían ver la figura bajo la tela cuando el sol y el viento así lo querían. Las chaquetas, imitando la moda masculina, eran prácticas y permitían más libertad de movimientos.

La época se caracteriza por un renovado gusto por lo clásico; estamos ante un periodo neoclásico en el que la gente se decantaba por la simpleza y naturalidad de las estatuas y arquitectura griegas. Los peinados se convierten en los recogidos rizados de la matrona griega, y los tejidos imitan las túnicas que las estatuas sugieren.

 

En el Espejo de las gracias; o el traje de la dama inglesa , publicado en Londres en 1811, la autora (“una dama de distinción”) aconseja:

“Por la mañana, los brazos y el pecho deben estar completamente cubiertos hasta la garganta y las muñecas. Desde la hora de la cena hasta la terminación del día, los brazos, a una altura elegante sobre el codo, pueden estar desnudos; y el cuello y los hombros se revelarán en la medida que la delicadeza lo permita.”

  • Los vestidos de la mañana se llevaban dentro de la casa. Tenían cuello alto y manga larga, cubriendo la garganta y las muñecas, y generalmente eran lisos y sin decoración.
  • Los vestidos de noche a menudo se adornaban extravagantemente con encajes, cintas y redes. Fueron cortados y lucieron mangas cortas, mostrando senos. Los brazos desnudos estaban cubiertos por largos guantes blancos. Nuestra Dama de la Distinción, sin embargo, advierte a las jóvenes de mostrar sus senos más allá de los límites de la decencia, diciendo: “El pecho y los hombros de una señorita muy joven y bella pueden exhibirse sin excitar mucho disgusto o rechazo”.

Una Dama de Distinción también aconsejó a las jóvenes usar tonos de colores más suaves, como el rosa, azul o el lila. La matrona madura podría usar colores más vivos, como el morado, el negro, el carmesí, el azul profundo o el amarillo.

 

Muchas mujeres de esta época comentaron la curiosidad de la paradoja: que estar bien vestida significaba que el pecho y los hombros estaban desnudos y, sin embargo, estar poco vestida significaba que el escote de una se elevaba hasta el mentón.

La Distinguida Dama autora del libro mencionado indica sobre los peinados:

Resultado de imagen de greek hairstyle statueImagen relacionada“Ahora, las trenzas fáciles, la trenza reluciente, el rizo confinado por el peine antiguo o bodkin, dan graciosos ejemplos del gusto sencillo de la belleza moderna. Nada puede corresponder más elegantemente con los libres tejidos de nuestra vestimenta clásica recién adoptada que este peinado, sin decoraciones, de la naturaleza.”

Pero, antes de peinarse o de ponerse estos naturales vestidos… ¿Qué había que ponerse? ¿Era la figura tan natural como se sugiere? Presten atención, porque no es muy romántico:

 

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Blusa o camisón

En primer lugar, la blusa: una especie de camisón, más corto que el vestido, blanco y sin adornos. Esta prenda tenía la función de proteger la ropa del sudor y la suciedad de la piel (recordemos que nadie se duchaba o bañaba a menudo) . Los camisones estaban hechos de telas más resistentes, eran blancos al no estar teñidos y no tenían adornos porque tenían un destino absolutamente funcional. Eran la prenda que se lavaba más a menudo (quisiera decir a diario, pero por supuesto, dependía de la distinción de la dueña y la cantidad de criados disponibles), y se frotaba con brío con pastillas de jabón para luego ser lavado en agua hirviendo (al menos…).

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Short stay
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Escote del siglo XVIII

Sobre el camisón se llevaba el corsé. Al alejarse de las figuras rígidas de la nobleza francesa y apostar por una figura natural, los corsés pasaron a ser cortos, sólo centrándose en la sujeción del pecho para asegurar los escotes (muy bajos e imaginamos que susceptibles a embarazosos fallos de vestuario, si no se llevaba sujeción adecuada).

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Long stay

Se distinguía, entonces, entre short stay, o corsés cortos, y long stay, o corsés más largos, llevados por mujeres que desearan parecer más delgadas y estilizadas, pero menos frecuentes.

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Short stay

El corsé ajustaba todo el cuerpo y era a menudo el culpable de los desmayos, aunque nunca pretendía ajustar la cintura tanto como lo haría más adelante, en la época victoriana. Imaginad cuando lo ajustabas mal y el camisón quedaba con una arruga presionándote todo el día…

 

 

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Enagua y corsé

Por último, la enagua: la función de la enagua era proteger la tela del vestido, no sólo del cuerpo, sino de la suciedad del suelo: era más larga que el vestido, y por tanto estaba pensada para ser vista, y que la mujer pudiera

tranquilamente levantar el vestido cuando quería evitar que tocase el suelo. La enagua también cumplía la crucial función de ejercer de forro: sin ella, los vestidos de muselina o seda se transparentarían demasiado.

 

 

Por último, los vestidos: generalmente de seda, raso o muselina, cubrían en su totalidad la ropa interior y completaban el look. ¡Perfectas!

Por Elena Truan

San Valentín en la época de Jane Austen

¡Feliz San Valentín, austenitas! Como sabéis, es el día de los enamorados, y esta tradición se remonta a siglos atrás. En las obras de Jane no hay referencias a la celebración de este festejo. ¿Demasiado romántico, tal vez, para nuestra mordaz escritora? No obstante, San Valentín se celebra en Reino Unido desde el siglo XVII, siendo la tarjeta más antigua conservada la que escribió Charles, duque de Orleans, a su esposa mientras él estaba en prisión.

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Por desgracia para nuestros héroes de regencia, las tarjetas de San Valentín tal y como hoy las conocemos no existían… Así que cualquiera que quisiera declarar su amor en esta señalada fecha tenía que sacar todas sus dotes de artista y ¡pintarla a mano! Sí, sí, pintarla. Porque como demuestra la posterior evolución de las tarjetas de San Valentín, nunca bastaba con escribir unos versos de amor, sino que además había que adornar la tarjeta con dibujos de corazones, flores… toda la iconografía temática que hoy de sobra conocemos; en ocasiones incluso se añadía auténtico encaje o pintura dorada a los bordes.

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photos%2F2011%2F02%2F14%2Fvalentien-writer2¿Qué sucede con los versos escritos? Ya nos advirtió Jane Austen a través de Lizzy Bennet de la “eficacia de la poesía para matar al amor (…) un mal soneto es suficiente para hacer que desaparezca”. De modo que lo que un caballero escribiese en su tarjeta era, por supuesto, de suma importancia. Aquellos que carecieran de la labia de pillastres como Wickham o Willoughby podía recurrir a los “Valentine writers”: pequeños libritos baratos de papel impreso con diferentes poemas, incluso adaptados a distintas profesiones. Si la dama en cuestión también era más de bailar y coquetear que de emular a Keats, también podía acudir a estas publicaciones, que incluían una sección de respuestas femeninas apropiadas. ¡Qué romántico!

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4ec58d3a6569c20c70d937f51c8a13c35829240af6c30b911b054f4559d7fa02Anteriormente, las tarjetas que en ocasiones acompañaban pequeños regalos estaban hechas de pequeñas placas de metal y grabados en madera, y más adelante, litografías. No fue hasta mediados del siglo XIX, con la estandarización del sistema de correos, que el progreso industrial victoriano permitió comercializar tarjetas producidas en masa, que incluían dibujos ya impresos, encaje de papel y letras doradas; aún pueden encontrarse algunas en librerías de libros antiguos.

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No quedaría mucho para los animalillos purpurinados  y viñetas verdes de las sentimentales Hallmark que encontramos hoy en el supermercado. ¡Viva el amor!

¿Prefieres recurrir a la tarjeta de Regencia, más personal?

Te enseñamos cómo hacer una en el siguiente vídeo.

-Por Elena Truan