STUDY DAY SOBRE JANE AUSTEN EN LA COMPLUTENSE

Llevábamos meses preparándolo… Y al fin llegó la fecha señalada. Tras el éxito del Study Day en la Universidad de Valencia, hace ya casi un año, las expectativas eran muy altas, y -en nuestra opinión- se cumplieron con creces.

Uno de los fines de JASES es promover los estudios sobre Jane Austen y sus obras, especialmente dentro del ámbito universitario, ya que esta es una asignatura pendiente en muchas facultades. Aunque su relevancia ha crecido en los últimos años y son muchos los académicos que han escrito sobre ella, pensamos que todavía falta camino por recorrer para que esta gran autora ocupe el lugar que le corresponde dentro de los programas de estudios literarios.

Por esta razón, nos ilusionan especialmente los eventos que organizamos en colaboración con alguna universidad. Y el de ayer fue, repetimos, todo un éxito. Por lo que no podemos dejar de agradecer la ayuda recibida, la presencia de varios docentes de esta universidad, que participaron con unas ponencias tan interesantes como amenas, y la asistencia de una buena representación del alumnado de esta institución.

La jornada comenzó a las 10.15 con la bienvenida por parte de nuestra presidenta, Elena Truan, que ha sido quien ha llevado el peso principal de la organización de este evento, por lo que se merece tanto nuestra felicitación como nuestro agradecimiento ya que, además, ha tenido que compaginar todo este trabajo con los estudios de un máster que está realizando en Holanda, con la dificultad añadida que implica organizar un evento desde la distancia. Así que, sin duda alguna, ¡enhorabuena, Elena! Una vez más hemos comprobado que JASES está en las mejores manos 🙂

La primera conferencia la impartió el Dr. Dámaso López, que fue capaz de profundizar en diversos pasajes de las obras de Austen, mostrando el arte de esta autora para sintetizar en tan solo unas palabras una carga inimaginable de significado e implicaciones socioculturales. El Dr. López explicó que las obras de Jane Austen son auténticos tratados de conducta, estudios de la personalidad, y análisis sociales, sin por ello perder frescura ni interés.

A esta sesión le siguió una no menos interesante de la Dra. Miriam Borham, de la Universidad de Salamanca, que también nos honró con su presencia el año pasado en la UV. En esta ocasión su ponencia trató temas diversos, entre los que se encontraba la relevancia de las Juvenilia de Austen, que son mucho más que unos simples relatos de adolescencia, y la necesidad de despojar a esta gran autora, y a las escritoras en general, del manto de condescendencia patriarcal que las cubre, dificultando que se aprecien sus trabajos como se merecen.

Tras el descanso para la comida, se reiniciaron las sesiones y les tocó el turno a Laura Requena y María Morán, dos alumnas de doctorado que están llevando a cabo una labor de investigación sobre temas muy diferentes, pero ambos relacionados con Austen. Laura Requena nos habló de su estudio comparativo entre Pride and Prejudice y Little Women (Mujercitas), explicando algunos aspectos de la literatura comparada, las razones que le han llevado a escoger este tema para su investigación y los avances que ha realizado hasta la fecha. Y María Morán, por su parte, nos habló de un tema tan actual como controvertido, los monsters mash-ups, y, en concreto, Sense and Sensibility and Sea Monsters. En su intervención, María aportó una perspectiva muy interesante sobre este fenómeno y supo argumentar con acierto durante el debate que, como era de prever, este tema suscitó.

La última conferencia la impartió el Dr. Francisco José Cortes, que mostró no solo su conocimiento de la obra de Jane Austen, en especial de Persuasion, sobre la que versó su ponencia, sino también su pasión por esta novela y por la literatura, y su gran capacidad de análisis. De la mano del Dr. Cortés Vieco, recorrimos las páginas de la última novela completa de Austen y llegamos a la mesa redonda, coordinada por Miguel Sanz, estudiante de la Complutense, y en la que además del último ponente y de Elena Truan, participó un servidor, que disfrutó hablando de su autora favorita en un marco ideal.

Una vez, muchas gracias a todos los participantes y, una vez más, muchas gracias a Elena Truan por su gran trabajo.

Y el siguiente Study Day… ¡En Salamanca! Ya os informaremos. De eso (que será el próximo curso) y de otras novedades que tendrán lugar dentro de poco.

Por Miguel Ángel Jordán

 

 

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UN, DOS, TRES Y… CAMBIO DE PAREJA

No os descubro nada nuevo si os digo que Jane Austen diseñaba cuidadosamente cada uno de sus personajes, es especial sus heroínas y, por lo tanto, también sus respectivos caballeros. Por eso, os planteo un ejercicio de abstracción:

¿Qué pasaría si tomáramos a una de las jóvenes protagonistas de Austen y la emparejáramos con un caballero de otro historia?

Aunque esto no pasa de ser un simple pasatiempo, nos puede ayudar a comprobar cómo los personajes de Jane Austen no son simples marionetas de quita y pon, sino que su personalidad está tan bien definida que nos resultará más o menos sencillo imaginar las consecuencias de estos enlaces imaginarios.

Voy a iniciar este ejercicio y espero que lo continuéis, ya sea en los comentarios del blog o en alguna de nuestras redes sociales.

¿Que pasaría si emparejáramos a Elizabeth Bennet con…?

Resultado de imagen de edmund bertram¿Os imagináis a Lizzy aguantando en silencio mientras Mary Crawford juega con Edmund, lo engatusa y lo lleva de un lado para otro? ¿Creéis que ella habría permitido que las hermanas Bertram la arrinconaran como hicieron? ¿O que Mrs. Norris la maltratara así? Pero, volviendo a la relación de pareja… ¿Cómo creéis que sería la relación entre Lizzy y Edmund? ¿Se conformaría ella con ser el segundo plato y lo aceptaría cuando, después de haber corrido como un perrillo faldero tras Mary, comprendiera que esa puerta estaba cerrada?

Imagen relacionadaElizabeth Bennet es una joven inteligente, decidida y enérgica, y necesita a un caballero que esté a su altura… Y, en mi opinión, Edmund Bertram no lo está. Pero, ¿es el único? ¿Qué pasaría si situáramos a Lizzy en Bath junto a Henry Tilney? ¿Sería él capaz de tratarla con la condescendencia paternalista con la que este joven trata a Catherine Morland? ¿Cuál sería la reacción de Lizzy si esto ocurriera? Pagaría por verlo 😛 . Henry trata a Cathy como si fuera una niña pequeña e inocente, que aún tuviera todo por aprender. Y, aunque es cierto que la señorita Morland ha llevado una vida sencilla y carente de experiencias sociales, no es ninguna simplona. Sin embargo, su carácter dulce y espontáneo facilita su relación con el experto en muselinas 😉 . Con Elizabeth esos aires de superioridad no habrían funcionado igual.

Resultado de imagen de edward ferrars¿Y con Edward Ferrars? ¿Os imagináis a Lizzy descubriendo que el joven del que se ha enamorado y que ha dado muestras de corresponder a sus sentimientos está comprometido? Y además con una chica vulgar de dudosos principios. ¿Pensáis que Elizabeth se hubiera contenido como Elinor en sus conversaciones con Lucy Steele? ¿O que habría mantenido el tipo en un encuentro a tres bandas? El rapapolvo que le cayó encima a Mr. Darcy hubiera sido suave en comparación con la tormenta que tendría que soportar Edward cuando se encontrara a solas con la señorita Bennet.

Muy distinto es el caso de Mr. Knightley y del Capitán Wentworth. Aunque es posible que el carácter de Elizabeth no concordara a la perfección con el de estos caballeros, ambos tienen suficiente personalidad, inteligencia, principios y elegancia como para estar a la altura de la protagonista preferida de Jane Austen. No en vano, estos caballeros terminan uniendo sus caminos a los de unas jóvenes muy particulares. Emma es de armas tomar, con sus errores y sus aires de grandeza, pero también con su inteligencia despierta y su audacia incesante. Y Anne Elliot es una mujer fuerte, capaz de rehacerse tras una experiencia dolorosa, siempre dispuesta a ayudar y a hacer lo correcto. Por eso Austen les busca unos compañeros apropiados.

¿Y vosotros qué opináis? ¿Se podrían intercambiar personajes de una novela a otra?

Las obras de Jane Austen son tapices cuidados al detalle, compuestos por una infinidad de hilos que al entrelazarse dan lugar a unas imágenes de gran belleza y precisión. ¿Sería posible cambiar, poner o quitar alguno de esos hilos sin alterar el resultado final?

Esperamos vuestras opiniones.

Un saludo

Miguel Ángel Jordán

JANE AUSTEN SIN ORGULLO NI PREJUICIO

“Jane Austen sin orgullo ni prejuicio”, este fue el título escogido para el coloquio en torno a la insigne escritora británica y sus afamadas obras organizado por la UNAM (Universidad Autónoma de México).

 

El coloquio tuvo lugar ayer, 6 de noviembre, y contó con la participación de Elena Truan y Miguel Ángel Jordán por videoconferencia. En ambos casos, se grabaron las ponencias con anterioridad para evitar que los previsibles problemas técnicos impidieran el normal desarrollo del coloquio. Una vez proyectadas estas ponencias, se estableció una conexión a tres bandas y tanto Elena como Miguel Ángel pudieron contestar a las interesantes preguntas del público asistente.

Desde aquí queremos agradecer a Paola Ileana Aboites, coordinadora del evento, su amabilidad al contar con JASES y su trabajo para sacar adelante esta iniciativa.

A continuación os ofrecemos los vídeos con las ponencias:

 

¿AL BORDE DE UN ATAQUE DE NERVIOS? LA SITUACIÓN DE LA MUJER EN LAS NOVELAS DE JANE AUSTEN

Hace unas semanas, al hablar de trabajos y oficios en las obras de Jane Austen, se explicó que, en ocasiones, al carecer de recursos económicos, los hijos nacidos después del heredero podían verse obligados a seguir caminos que hubieran preferido no recorrer. En esta entrada, vamos a hablar de la situación en la que quedaban las hijas de las familias de la baja nobleza, o de la gentry, y veremos que su posición solía ser aún más complicada.

La mayoría de lectores actuales desconocen las normas legales que regían la sociedad en la que vivió Jane Austen. Pero, una vez más, esta autora, sin necesidad de grandes explicaciones, logra que comprendamos la indefensión en la que se veían inmersas algunas mujeres tras el fallecimiento de un esposo o padre.

Al depender exclusivamente de las rentas y propiedades, y no del salario de un trabajo, los testamentos se convertían en auténticas sentencias para algunos o en golpes de fortuna para otros.

Resultado de imagen de bennet pride and prejudiceUna familia podía verse despojada de su hogar en favor de un tercero si no contaban con un hijo varón. Tal es el caso que se nos muestra en Pride and Prejudice, y la razón por la que Mrs. Bennet esté tan empeñada en que Lizzy acepte la oferta de matrimonio de Mr. Collins, futuro poseedor de Longbourn, hogar de los Bennet mientras viva el cabeza de familia.

––¡Oh, querido! ––se lamentó su esposa––. No puedo soportar oír hablar del tema. No menciones a ese hombre tan odioso. Es lo peor que te puede pasar en el mundo, que tus bienes no los puedan heredar tus hijas. De haber sido tú, hace mucho tiempo que yo habría hecho algo al respecto.

Jane y Elizabeth intentaron explicarle por qué no les pertenecía la herencia. Lo habían intentado muchas veces, pero era un tema con el que su madre perdía totalmente la razón; y siguió quejándose amargamente de la crueldad que significaba desposeer de la herencia a una familia de cinco hijas, en favor de un hombre que a ninguno le importaba nada.

Ciertamente, en este caso, el lector se siente inclinado a dar la razón a Mrs. Bennet, y nos resulta muy difícil imaginar que algo así pudiera ocurrir en la actualidad. Sin embargo, conocer esta circunstancia nos llevará a ser más comprensivos con la obsesión de esta madre por casar cuanto antes a sus cinco hijas, y procurarles un futuro estable a ellas y a sí misma.

Resultado de imagen de john dashwood sense and sensibilityComo acabamos de ver, la legislación de la época limitaba en ocasiones la capacidad de maniobra de los cabezas de familia, que podían llegar a sus últimos momentos con la angustia de saber que los suyos quedaban en una situación precaria, aunque hasta entonces hubieran vivido con desahogo. No estamos hablando de los que siempre habían sido pobres, sino de familias adineradas, pero atadas por lazos legales a la hora de redactar el testamento. En esos casos, las mujeres dependían de la benevolencia de los herederos, que no tenían más obligaciones que las que les dictara su conciencia. Así sucede con el padre de Elinor y Marianne, que en su lecho de muerte arranca la promesa de su hijo de que este velará por su familia.

Tan pronto se supo que la vida del señor Dashwood peligraba, enviaron por su hijo y a él le encargó el padre, con la intensidad y urgencia que la enfermedad hacía necesarias, el bienestar de su madrastra y hermanas. El señor John Dashwood no tenía la profundidad de sentimientos del resto de la familia, pero sí le afectó una recomendación de tal índole en un momento como ése, y prometió hacer todo lo que le fuera posible por el bienestar de sus parientes. El padre se sintió tranquilo ante tal promesa, y el señor John Dashwood se entregó entonces sin prisa a considerar cuánto podría prudentemente hacer por ellas.

Como sabemos, esta buena voluntad se queda tan solo en eso, bajo la influencia de Mrs. John Dashwood, que consigue silenciar la conciencia de su marido con razonamientos mezquinos y egoístas.

En vistas de esta situación, no es de extrañar que el matrimonio se viera como la única vía de subsistencia para aquellas mujeres que no tuvieran la suerte de contar con una gran fortuna personal. En una entrada futura, hablaremos del matrimonio desde distintos puntos de vista, por lo que tan solo destacaremos ahora la importancia de este hecho en las tramas de las novelas de Austen. Jane y Elizabeth Bennet, Anne Elliot, Fanny Price, Jane Fairfax y otras jóvenes a las que se nombra pasan de una situación incierta a un futuro prometedor, económicamente hablando, gracias a un matrimonio ventajoso.

Resultado de imagen de jane fairfax¿Qué ocurría con aquellas chicas de buena familia que no contaran con rentas propias ni recibieran proposiciones de matrimonio de caballeros solventes? Lo cierto es que las opciones para las jóvenes eran escasas. Mientras hubiera alguna renta, podrían tratar de ajustarse a esa cantidad, viviendo lo más dignamente que pudieran dentro de su estrechez. Pero, en el caso de que no contaran con recursos económicos, se verían abocadas a un matrimonio no tan ventajoso –el afecto en este caso sería aún más secundario–, pero al menos suficiente para subsistir, o tendrían que buscar algún empleo que les proporcionara un mínimo de ingresos y que, dentro de lo posible, no las hundiera socialmente. La enseñanza parece ser la salida más airosa para estas mujeres. Ya sea como institutriz privada, como hubiera sido el caso de Jane Fairfax, de no haberse casado con Frank:

Se decidió que Jane se preparara para la enseñanza, ya que los escasos centenares de libras que había heredado de su padre hacían imposible toda posición independiente. Y el coronel Campbell carecía de medios para asegurar su porvenir de otro modo; pues a pesar de que sus ingresos, procedentes de su paga y sus asignaciones, no eran nada despreciables, su fortuna no era muy grande, y debía ser íntegra para su hija; pero dándole una buena educación, confiaba proporcionarle para más adelante los medios para vivir decorosamente.

Imagen relacionadaO como maestra de escuela, como Mrs. Goddard:

Era una mujer sencilla y maternal, que había trabajado mucho en su juventud, y que ahora se consideraba con derecho a permitirse el ocasional esparcimiento de una visita para tomar el té.

En cualquier caso, se trataba de una situación complicada, que la misma Jane Austen conoció en primera persona, ya que, aunque nunca llegaron a pasar necesidad, tanto ella como su madre y su hermana Cassandra, dependieron de la ayuda de sus hermanos –que no les faltó en ningún momento– debido a los escasos recursos con los que contaron tras la muerte del Reverendo George Austen.

Próximamente publicaremos una entrada que tratará sobre diversos aspectos relacionados con el matrimonio, y en ella aparecerán trataremos otros aspectos relacionados con la situación social de la mujer en la sociedad, que podemos encontrar reflejados en las novelas de Jane Austen.

Por Miguel Ángel Jordán

 

¿Como se vestía Jane Austen, y por qué? Un rápido repaso a la moda de Regencia

Todos conocemos los cortes imperio y las faldas etéreas de la época de Jane Austen. No obstante, ¿por qué se llevaban en la época?

La época de Regencia estuvo fuertemente influenciada por la Revolución Francesa; para la nación inglesa, la mera idea del pueblo levantándose en contra de la familia real era, naturalmente, un trauma. No obs

tante, era de Francia de donde venían las modas, y a pesar de no querer imitar a sus vecinos galos en comportamiento, los ingleses no pudieron evitar que la moda cruzase el canal.

La principal razón de los franceses para cambiar el modo de vestir era sencillo, derivado del cambio social: nadie quería ya imitar a la nobleza. La afinidad por las clases altas se había convertido en algo mal visto y, como consecuencia, quedaron muy pronto atrás los intrincados diseños con los que identificamos hoy en día a la reina María Antonieta. Las mujeres se deshicieron de los aros de sujeción de las faldas; miriñaques, volantes, encajes y puntillas desaparecieron en favor de faldas más cómodas, algo más cortas (incluso tobilleras) como las de las mujeres de la clase trabajadora. La Revolución defendía al individuo frente a la masa de la sociedad: el romanticismo se basaba en el “yo”. Así, la naturalidad de la figura y la exaltación del individuo se vio reflejado en provocadoras vestiduras, más ligeras, que permitían ver la figura bajo la tela cuando el sol y el viento así lo querían. Las chaquetas, imitando la moda masculina, eran prácticas y permitían más libertad de movimientos.

La época se caracteriza por un renovado gusto por lo clásico; estamos ante un periodo neoclásico en el que la gente se decantaba por la simpleza y naturalidad de las estatuas y arquitectura griegas. Los peinados se convierten en los recogidos rizados de la matrona griega, y los tejidos imitan las túnicas que las estatuas sugieren.

 

En el Espejo de las gracias; o el traje de la dama inglesa , publicado en Londres en 1811, la autora (“una dama de distinción”) aconseja:

“Por la mañana, los brazos y el pecho deben estar completamente cubiertos hasta la garganta y las muñecas. Desde la hora de la cena hasta la terminación del día, los brazos, a una altura elegante sobre el codo, pueden estar desnudos; y el cuello y los hombros se revelarán en la medida que la delicadeza lo permita.”

  • Los vestidos de la mañana se llevaban dentro de la casa. Tenían cuello alto y manga larga, cubriendo la garganta y las muñecas, y generalmente eran lisos y sin decoración.
  • Los vestidos de noche a menudo se adornaban extravagantemente con encajes, cintas y redes. Fueron cortados y lucieron mangas cortas, mostrando senos. Los brazos desnudos estaban cubiertos por largos guantes blancos. Nuestra Dama de la Distinción, sin embargo, advierte a las jóvenes de mostrar sus senos más allá de los límites de la decencia, diciendo: “El pecho y los hombros de una señorita muy joven y bella pueden exhibirse sin excitar mucho disgusto o rechazo”.

Una Dama de Distinción también aconsejó a las jóvenes usar tonos de colores más suaves, como el rosa, azul o el lila. La matrona madura podría usar colores más vivos, como el morado, el negro, el carmesí, el azul profundo o el amarillo.

 

Muchas mujeres de esta época comentaron la curiosidad de la paradoja: que estar bien vestida significaba que el pecho y los hombros estaban desnudos y, sin embargo, estar poco vestida significaba que el escote de una se elevaba hasta el mentón.

La Distinguida Dama autora del libro mencionado indica sobre los peinados:

Resultado de imagen de greek hairstyle statueImagen relacionada“Ahora, las trenzas fáciles, la trenza reluciente, el rizo confinado por el peine antiguo o bodkin, dan graciosos ejemplos del gusto sencillo de la belleza moderna. Nada puede corresponder más elegantemente con los libres tejidos de nuestra vestimenta clásica recién adoptada que este peinado, sin decoraciones, de la naturaleza.”

Pero, antes de peinarse o de ponerse estos naturales vestidos… ¿Qué había que ponerse? ¿Era la figura tan natural como se sugiere? Presten atención, porque no es muy romántico:

 

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Blusa o camisón

En primer lugar, la blusa: una especie de camisón, más corto que el vestido, blanco y sin adornos. Esta prenda tenía la función de proteger la ropa del sudor y la suciedad de la piel (recordemos que nadie se duchaba o bañaba a menudo) . Los camisones estaban hechos de telas más resistentes, eran blancos al no estar teñidos y no tenían adornos porque tenían un destino absolutamente funcional. Eran la prenda que se lavaba más a menudo (quisiera decir a diario, pero por supuesto, dependía de la distinción de la dueña y la cantidad de criados disponibles), y se frotaba con brío con pastillas de jabón para luego ser lavado en agua hirviendo (al menos…).

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Short stay
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Escote del siglo XVIII

Sobre el camisón se llevaba el corsé. Al alejarse de las figuras rígidas de la nobleza francesa y apostar por una figura natural, los corsés pasaron a ser cortos, sólo centrándose en la sujeción del pecho para asegurar los escotes (muy bajos e imaginamos que susceptibles a embarazosos fallos de vestuario, si no se llevaba sujeción adecuada).

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Long stay

Se distinguía, entonces, entre short stay, o corsés cortos, y long stay, o corsés más largos, llevados por mujeres que desearan parecer más delgadas y estilizadas, pero menos frecuentes.

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Short stay

El corsé ajustaba todo el cuerpo y era a menudo el culpable de los desmayos, aunque nunca pretendía ajustar la cintura tanto como lo haría más adelante, en la época victoriana. Imaginad cuando lo ajustabas mal y el camisón quedaba con una arruga presionándote todo el día…

 

 

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Enagua y corsé

Por último, la enagua: la función de la enagua era proteger la tela del vestido, no sólo del cuerpo, sino de la suciedad del suelo: era más larga que el vestido, y por tanto estaba pensada para ser vista, y que la mujer pudiera

tranquilamente levantar el vestido cuando quería evitar que tocase el suelo. La enagua también cumplía la crucial función de ejercer de forro: sin ella, los vestidos de muselina o seda se transparentarían demasiado.

 

 

Por último, los vestidos: generalmente de seda, raso o muselina, cubrían en su totalidad la ropa interior y completaban el look. ¡Perfectas!

Por Elena Truan

DO YOU HATE MONDAYS? TRABAJOS Y OFICIOS EN LAS OBRAS DE JANE AUSTEN

Resultado de imagen de i dont hate mondayA los lectores actuales sueles llamarles la atención la gran cantidad de tiempo de ocio del que disponen los protagonistas de las novelas de Jane Austen. Parece que estos personajes se dediquen tan solo a pasear, visitarse unos a otros, organizar excursiones al campo, asistir a bailes, alojarse en casas de amigos y familiares durante semanas o incluso meses, tomar las aguas en Bath, ir de compras, etc. En ocasiones se habla de viajes de negocios, pero tampoco da la impresión de que los que los protagonizan se vean encorsetados por una apretada agenda. La pregunta habitual que se hacen muchos lectores es: “¿pero es que esta gente no trabajaba?”. Y la respuesta podría ser: no, si podían evitarlo.

Al leer estas obras comprendemos que trabajar para lograr un sustento es la última opción, el último recurso cuando todos los demás han fracasado. Un joven de buena familia puede dedicarse a ciertas profesiones, pero será más para ocupar su tiempo que por necesidad. Cualquier persona, en general, puede desarrollar algunas actividades, pero siempre por gusto, para cultivar sus aficiones o mostrar sus destrezas. De ese modo, el trabajo será algo digno y no una esclavitud que acabe con la salud y estropee la apariencia del que lo realiza..

Resultado de imagen de edward ferrarsUn ejemplo claro de lo que esto significaba para los jóvenes lo tenemos en Edward Ferrars. En una visita a la familia Dashwood, el bondadoso caballero se muestra con un estado de ánimo bastante decaído. Achacando esta situación a la falta de actividad, Mrs. Dashwood, que había inculcado en sus hijas el aprovechamiento del tiempo, adopta una actitud maternal hacia su invitado y le recomienda que busque un empleo, no para ganar dinero, sino para tener algo que hacer. En la respuesta de Edward se reflejan perfectamente las posibilidades que se les abrían a los jóvenes de alta cuna, las opiniones de distintos sectores de la sociedad, las consecuencias de elegir uno u otro camino, y la actitud de muchos de ellos a la hora de escoger una ruta profesional.

Nunca pudimos ponernos de acuerdo en la elección de una profesión. Yo siempre preferí la iglesia, como lo sigo haciendo. Pero eso no era bastante elegante para mi familia. Ellos recomendaban una carrera militar. Eso era demasiado elegante para mí. En cuanto al ejercicio de las leyes, le concedieron la gracia de considerarla una profesión bastante decorosa; muchos jóvenes con despachos en alguna asociación de abogados de Londres han logrado una muy buena llegada a los círculos más importantes, y se pasean por la ciudad conduciendo calesas muy a la moda. Pero yo no tenía ninguna inclinación por las leyes, ni siquiera en esta forma harto menos abstrusa de ellas que mi familia aprobaba. En cuanto a la marina, tenía la ventaja de ser de buen tono, pero yo ya era demasiado mayor para ingresar a ella cuando se empezó a hablar del tema; y, a la larga, como no había verdadera necesidad de que tuviera una profesión, dado que podía ser igual de garboso y dispendioso con una chaqueta roja sobre los hombros o sin ella, se terminó por decidir que el ocio era lo más ventajoso y honorable.

Resultado de imagen de edmund bertram mary crawfordCaso distinto sería el de los hijos de familias de buena posición, pero que –al no ser los principales herederos– se ven obligados a buscar un empleo que les permita mantener su ritmo de vida sin descender, más de lo imprescindible, en la escala social. En el ejemplo anterior hemos visto las posibilidades que se barajaban, y en el siguiente las entenderemos con más detalle, al escuchar la conversación entre Edmund Bertram y Mary Crawford.

–De modo que va a convertirse usted en un sacerdote, Mr. Bertram. Es una sorpresa para mí. ––¿Por qué había de sorprenderla? Tenía usted que suponerme destinado a alguna profesión, y pudo darse cuenta de que yo no era abogado, ni militar, ni marino.

–Muy cierto; pero, en definitiva, no se me había ocurrido. Y ya sabe usted que suele haber un tío o un abuelo que deja una fortuna al segundón de una familia.

–Una costumbre muy encomiable ––dijo Edmund––, pero no universal. Yo soy una de las excepciones y, por serlo, debo hacer algo por mi cuenta.

 –Pero, ¿por qué ha de ser clérigo? Yo creí que, en todo caso, eso era el destino del hermano más joven, cuando había muchos otros con derecho de prioridad en la elección de carrera.

Es decir, si no hay un familiar que deje una buena suma para el segundo hijo, este tendrá que buscar un trabajo. ¿Cuál? La Iglesia, la ley, el ejército o la marina (importante distinción que quizás se nos escapa hoy en día) son las propuestas que encontramos repetidas. Por lo que dice Mary, la Iglesia era el lote del más pequeño, los restos del pastel que habían dejado sus hermanos. Salvo en el caso de unos pocos que, como Edmund, entraban en ese camino por convicciones propias.

Esta distinción entre el hijo mayor (eldest son) y los otros, ausente en la mayoría de ámbitos en la cultura occidental actual, es un tema repetido en varias de las obras de Austen como un reflejo más de la sociedad de su tiempo. Podemos detectar la visión de la autora sobre esta realidad en sus novelas. En la mitad de ellas, la familia protagonista no cuenta con un second son, sino que el núcleo familiar está conformado por mujeres, como ocurre en Pride and Prejudice, Emma, Persuasion, o incluso Sense and Sensibility; aunque en esta última sí hay un hermano mayor entre las Dashwood. En las obras en las que aparece un second son, este acaba siendo el privilegiado que obtiene el amor de la protagonista, recibiremos una visión positiva de su personalidad y se nos despertará cierta compasión hacia sus circunstancias. Tal es el caso de Edward Ferrars, Henry Tilney y Edmund Bertram.

Por Miguel Ángel Jordán

MANSFIELD PARK, ÚLTIMO CAPÍTULO: MUTIS MAGISTRAL

Resultado de imagen de mansfield parkEs una verdad universalmente aceptada que Mansfield Park (en lo sucesivo MP) es la obra más polémica, compleja y oscura —e incomprendida, añadiría yo— de cuantas vieron la luz de forma completa[1] a través de la pluma de Jane Austen. Dentro de la faceta polémica, una de las diversas cuestiones objeto de debate se refiere al capítulo final de la novela; capítulo que cierra de forma acelerada y contundente varios cientos de páginas de escritura minuciosa en torno a las idas y vueltas de los Bertam y los Crawford y a las tribulaciones de Fanny Price. En concreto, el objeto de controversia lo constituye el porqué de tan apresurado cierre de tramas y subtramas que contrasta sobremanera con el tono pausado del resto de la novela.

Resultado de imagen de nabokovLa opinión mayoritaria atribuye al cansancio de la autora este final expeditivo, que sería previsible tras el esfuerzo invertido en el resto de la obra. Parece ser que a muchos escritores les supone un esfuerzo titánico cerrar sus novelas (según declaran sin el menor recato en entrevistas y reportajes), y Austen, habiendo caído en este trance, decidió cortar por lo sano. Desde que V. Nabokov dictaminara dicha tesis en su estudio sobre MP, ésta es la conclusión generalizada en el mundo austenita y fuera de él. Como consecuencia de dicha tesis, este capítulo de cierre se considera como un defecto de la novela, uno de los inconvenientes que conlleva su lectura: encontrarse con una historia cerrada con urgencia e incluso en falso. Y no es ésta una tesis infundada, no sólo porque la sustentara Nabokov, escritor eminente, sino porque posee una clara apariencia de verosimilitud: no es fácil encontrar casos similares entre los clásicos, novelas de amplia extensión que fluyen mansamente durante un largo recorrido para concluir como en forma de catarata. Pero también es cierto que esta opinión se corresponde con una óptica de lectura propia de nuestro tiempo —como el criterio de Nabokov corresponde a un escritor del siglo XX—, sin tener en cuenta las peculiaridades de Austen no sólo como escritora del siglo XVIII, sino como una verdadera singularidad dentro de la literatura universal.

No obstante, en mi opinión, y desde un punto de vista de lector-escritor libre de prejuicios, la hipótesis del “cansancio” de la autora no es convincente. Y esta opinión la sustento en diferentes motivos que expongo a continuación:

Imagen relacionada1º. Esa forma chapucera de terminar una obra deprisa y corriendo de forma consciente, si bien puede encajar en publicaciones actuales destinadas al consumo pronto y fácil, no concuerda en modo alguno con la actitud vital, el perfeccionismo y el estilo de Austen. Sólo en algunas de sus obras de juventud, escritas por puro entretenimiento para lectura en familia y sin vistas a ser dada a la imprenta para lectura general, podría llegar a admitirse sin reparo dicha explicación.

2º. Por otra parte, MP fue escrita en plena época de fecundidad y madurez creativa de Austen, después de Orgullo y prejuicio y antes de Emma. Atribuir cansancio o indolencia por el desarrollo final de la novela tampoco encaja con la pulsión creativa de una orfebre entregada a la labor de su pincel sobre el trocito de marfil en esas tres grandes obras. A mayor abundamiento, en su obra subsiguiente Austen se deleitó y nos deleitó, después de resuelta la trama principal, prolongando la novela durante toda una quinta parte de su amplia extensión a fin de no dejar suelto el menor cabo del entramado Highbury-Hartfield-Donwell.

3º. Y, por último, y por eso mismo más importante, a mi entender Austen ya había escrito cuanto quería escribir en torno a Mansfield y las relaciones de sus habitantes. Si la autora no fuera deudora de su devoción por Fanny Price y de las reglas de la novela de su tiempo, es probable que MP carecería de este último capítulo, o éste habría sido distinto; recordemos que MP es la representación, incluso stricto sensu, del lado oscuro de la sociedad (no sólo de la de su época y país, sino de la de todas las épocas y países): los vicios, las torpezas, las carencias de compromiso, responsabilidad, sacrificio o firmeza de valores, los prejuicios, las dobleces, el egoísmo, la tibieza moral, etcétera. Cuarenta y siete capítulos de virtuosismo, metaliteratura, simbolismo e inteligencia emocional, entre otras admirables cualidades, fueron más que suficientes para completar su theatrum mundi, y de ahí su magistral mutis: «Yo dejo al punto esos temas odiosos, impaciente por devolver alguna paz a los que no tuvieron demasiada responsabilidad, y terminar con lo demás»[2]. Por decirlo de otro modo, a mi parecer el único fundamento de este capítulo es conceder a la heroína su recompensa más ansiada.

Resultado de imagen de mansfield parkAhora bien, sea cual sea la explicación, e incluso admitiendo el humano razonamiento de la desgana de Austen como causa de la rápida finalización de su historia, incluso ese mismo aspecto resaltaría su genialidad. Dejando a mi imaginación a su indomable albedrío, evoco a la autora afrontando esas últimas páginas de manuscrito con no poca resolución: «Bien, vamos a acabar de una vez con la tontería», pensaría remangándose y mojando su pluma en la tinta dispuesta a realizar un ajuste de cuentas con todos y cada uno de los personajes, con la lógica excepción de la protagonista. No se libra nadie; ni siquiera el insulso Edmund, cuyo único motivo de redención es su afecto incondicional por Fanny.

Es muy infrecuente en la historia de la literatura, y no digamos en la obra de aquel tiempo, asistir a fustigaciones semejantes de manera tan directa. Sí que abundan los personajes abyectos, expuestos al escarnio o puestos en ridículo por sí mismos; pero que sean los propios autores quienes hagan de banderilleros y picadores directamente es algo insólito (que sólo puede conseguir adhesiones incondicionales entre frikis literarios).

Resultado de imagen de mansfield parkSobran ulteriores palabras y explicaciones al respecto, porque basta espigar algunas de las perlas que puntualmente regala nuestra Jane a cada personaje a lo largo de dicho capítulo para comprobarlo:

  • Sobre Tom Bertram. «Había sufrido y había aprendido a pensar: dos ventajas que no había conocido hasta ahora». [Teniendo en cuenta que tenía veintiséis años, una edad considerable en aquella época y aun hoy]
  • Sobre Maria y Julia Bertram. «Nunca se las había enseñado propiamente a dominar sus inclinaciones y temperamento mediante el sentido del deber, único que puede ser suficiente. (…); y sobre la necesidad de la abnegación y la humildad, sospechaba que jamás habían oído de labios de nadie nada que les fuera de provecho».
  • Sobre el señor Rushworth. «No le fue difícil obtener el divorcio, y de este modo concluyó un matrimonio contraído en circunstancias tales que cualquier final mejor, producto de la suerte, habría estado fuera de todo cálculo». «Las indignidades de la estupidez y los desengaños de la pasión egoísta despiertan poca compasión».
  • Sobre la señora Norris y su sobrina Maria. «La señora Norris abandonó Mansfield Park para consagrarse a su infortunada Maria, creándose un establecimiento para ellas en una región remota y retirada, donde, recluidas con poca compañía, sin afecto la una y sin juicio la otra, es lógico suponer que sus respectivos temperamentos las convirtieron en su mutuo castigo».
  • Sobre la señora Norris, un bonus extra. «[Sir Thomas] La veía como un mal perpetuo, tanto más cuanto que no parecía posibilidad de que acabara sino con la muerte; (…) Así que verse libre de ella fue una dicha tan grande que, de no haber dejado recuerdos amargos tras de sí, sir Thomas casi habría corrido peligro de aprobar el mal que había acarreado este bien».
  • Sobre Henry Crawford, la narradora es tajante y no tiene la menor duda de su indignidad y desmerecimiento de cualquier destino mejor. O, dicho en términos coloquiales, según la propia autora su fin se lo había ganado a pulso. «Si hubiera merecido más, no cabe duda de que lo habría obtenido». «De haberse limitado a conquistar el afecto de una mujer amable, de haber encontrado gozo suficiente en vencer la aversión, y en ganarse poco a poco la estima y el cariño de Fanny Price, habría tenido todas las posibilidades de éxito y de felicidad para él». «[al encontrarse de nuevo con la señora Rushworth] Se le despertaron la curiosidad y la vanidad, y la tentación del placer inmediato fue demasiado fuerte para un espíritu no acostumbrado a sacrificar nada a lo correcto».
  • Sobre el señor Grant. «El doctor Grant se provocó un ataque de apoplejía con los tres banquetes semanales que había instituido, y murió».
  • Resultado de imagen de mansfield parkSobre lady Bertram. Un remate suave en comparación con la crudeza con que ha sido descrita en diversos pasajes de la novela: «Dado lo egoístamente cara que había sido para lady Bertram durante mucho tiempo, no vio ésta de buen grado la marcha de su sobrina. Ninguna felicidad de hijo o sobrina podían hacerla desear ese matrimonio».
  • Sobre lord Bertram. «Estas fueron las circunstancias y esperanzas que poco a poco trajeron alivio a sir Thomas (…), aunque nunca le desapareció el dolor que provenía de la convicción de sus propios errores en la educación de sus hijas. (…) Veía cuán erróneamente había calculado al esperar contrarrestar lo que la señora Norris hacía mal haciendo él lo contrario; claramente veía que no había hecho sino aumentar ese mal (…)».
  • Sobre Edmund. No se detuvo la autora en atribuirle el mayor castigo para cualquier persona: «Sufría de desencanto y de pena, lamentando lo que era y deseando lo que nunca podría ser». Y muy sutilmente se habla de su cambio de inclinaciones: «No le hizo falta esperar y desear con afectos vacantes a una criatura digna que la sucediera en ellos. Apenas había terminado de lamentar la pérdida de Mary Crawford, y de confesar a Fanny cuán imposible le sería encontrar a una mujer igual, cuando empezó a pensar si no le convendría una clase de mujer totalmente diferente…» [Los puntos suspensivos son de la autora].

Imagen relacionadaEn definitiva, se podrá estar de acuerdo o en desacuerdo con la procedencia y la motivación de este final, abrupto en comparación con la extensión del resto de la novela, pero resulta indiscutible que es el producto de una mente ingeniosa en grado sumo y de una pluma con habilidad extraordinaria. Mansfield Park es una obra que precisa un tipo de lectura exigente, curtida en muchos miles de páginas y capaz de admirar los detalles sutiles dispersos por la novela; no sirve como puerta de entrada al mundo de Austen, pero sí forma parte del corazón de su obra, al que sólo se puede llegar con las capacidades señaladas.

 

Por Fernando García Pañeda

Nota final: Los párrafos transcritos de la novela corresponden a la traducción de Francisco Torres Oliver, publicada por Alba Editorial, año 2000.

[1] El arranque de Sanditon, entre especulación inmobiliaria, ansia de dinero, sensualidad desordenada, actitudes ambiguas de personajes y una protagonista de notoria inteligencia, también prometía emociones un tanto “interesantes” y umbrías que no podemos comparar con el resto de las novelas.

[2] En efecto, la posteridad tomó nota, puesto que otras plumas se han extendido a base de bien en culpas, desdichas y calamidades psicosociales durante estos últimos doscientos años.

Catherine Morland, ¿una heroína en construcción?

En un lugar de la vieja Inglaterra, de cuyo nombre no es que no quiera acordarme (nuestra historia se inicia en Fullerton), no ha mucho que vivía una niña de espíritu libre, ávida de aventuras y una mente llena de peculiares historias.

Aunque todo estaba en su contra, nada la desanimaba a perseguir el bien y la conducta virtuosa en un mundo que reverenciaba la hipocresía en las relaciones y diseñaba caminos tortuosos para alcanzar el final anhelado, la felicidad siempre tan deseada y tan costosa.

Nuestra ¿heroína? sostiene valientemente lanza en astillero intentando culminar con éxito su propio viaje interior hacia la madurez, conservando, mientras tanto, un corazón bondadoso y puro comparable al que late en el pecho del más noble caballero.

Nuestra Catherine es especial desde su niñez. No había nada que le gustase más que tirarse rodando por la verde cuesta que había detrás de su casa, una niña ruidosa y un tanto alocada, vital, inclinada hacia lo no permitido e invadiendo territorios confinados al género masculino. ¿Heroína…?

Una niña casi invisible al mundo, como el resto de sus nueve hermanos, pero que está a punto de iniciar la aventura más hermosa: comenzar a vivir su propia vida. A ello la ayudan los Allen, que sirven de puente para salir de su pequeño pueblo y afrontar las vicisitudes que ofrece el presente a una peculiar soñadora, perfilando ese carácter indeciso y dando cordura a tantos pequeños episodios de locura gótica satirizada magistralmente por Austen.

Resultado de imagen de northanger abbey filmCatherine Morland. ¿Será esa flor que nace para desarrollarse invisible y desperdiciar su fragancia en el aire del desierto? Alejándola Austen de los cánones reservados a heroínas típicas, ¿la engrandece, la ilumina con una luz favorecedora? ¿La acompaña en ese autoconocimiento necesario para el desarrollo y crecimiento personal y por tanto la convierte en heroína de su propia vida? Son cuestiones que me surgen con la lectura de esta maravillosa historia, sencilla, cercana, atemporal que me logra seducir doscientos años después.

Pero hablar de La Abadía de Northanger es mucho más que acompañar a Morland en sus dieciocho años de vida, es la feroz defensa de los libros y sus enseñanzas. Por eso la autora intercala en la trama un extenso recorrido por títulos y escritores concretos, incluyendo algunos de sus favoritos como lectora. Autores como Gray, Thomson, Shakespeare, Samuel Richardson, Fanny Burney (de gran influencia para Austen), María Egdeworth, Addison, Steele, Ann Radcliffe, Henry Fielding, Matthew Lewis y un largo etcétera están presente en esta obra al mismo tiempo que da amparo y protección a la novela como género, despreciando ese «hablar con desdén de unos libros a los que avalan la genialidad, el ingenio y el buen gusto

En definitiva, defiende unas obras «en las que se exhiben los más grandes poderes de la mente y en las que se transmiten al mundo, en el lenguaje más selecto, el conocimiento más exhaustivo de la naturaleza humana, las delineaciones más acertadas de sus variedades y las manifestaciones más vividas de ingenio y de humor».

Imagen relacionadaPero, volviendo a nuestra historia, Austen también diseña hombres a la altura de sus heroínas. Es el caso del señor Tilney, vértice fundamental del triángulo amoroso: alto, rostro agradable, mirada inteligente y viva, buen bailarín, caballeroso, con temple, entendido en muselinas, lector voraz y con gustos literarios afines a ella, culto y con una actitud jocosa que lo hace a los ojos de nuestra Catherine más que interesante, honesto y valiente, desafiante ante la injusticia aunque sea paterna. Especial, como ella.

Resultado de imagen de northanger abbey thorpeTambién tenemos a John Thorpe y su hermana Isabella. ¿Caballero andante y dulce damisela? Nada más lejos de la verdad. Descubriremos junto a la Morland que son piedras puestas en su camino para consolidar su carácter, afirmar su honestidad, su integridad y reconocer a su verdadero compañero de andanzas y aventuras.

No recomiendo, por tanto, únicamente la lectura de esta preciosa novela, eso es bastante obvio, sino que la lean como se merece. Austen utiliza su sátira inteligente y despliega su ternura recordándonos con su ¿heroína? que ni mucho menos la vida es siempre de color rosa, que la inocencia bien entendida debería ser un arma poderosa en este mundo, la honestidad en los sentimientos un objetivo por cumplir, el conocerse y crecer como persona una aventura digna de cualquier heroína que se tercie y el amor por los libros una pasión sin contención.

Y como en cualquier precioso cuento, tanto los inicios como los finales deben estar a la altura y dejarnos preparados para abordar el siguiente vuelo acompañados by a lady.

Mi heroína Catherine, de quijotesca figura, satirizada con ternura fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no solo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían [1].

Y, como Austen concluye, «dejo a quien pueda corresponder o interesar que determine si esta obra tiende más a recomendar la tiranía paterna o a recompensar la desobediencia filial». No puede existir mejor final para estos 31 capítulos.

(Dedicado a todas las heroínas de su propia vida)

Por Mª Ángeles Lorente

(Socia de Jane Austen Society España)

[1] https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte2/cap74/default.htm

LECCIONES DE ELEGANCIA POR JANE AUSTEN

Elegante:

-Dotado de gracia, nobleza y sencillez

-Dicho de una persona: que tiene buen gusto y distinción para vestir.

-Dicho de una cosa o de un lugar: que revela distinción, refinamiento y buen gusto.

Elegancia: 

-Forma bella de expresar los pensamientos.

Resultado de imagen de inglaterra regenciaLos tiempos cambian, las costumbres cambian, las normas sociales cambian… Muchas cosas cambian, pero las personas siguen siendo personas y en el fondo somos muy similares a aquellos que nos han precedido durante los últimos siglos. Varían las circunstancias, el decorado, las reglas, pero los actores siguen siendo los mismos. Y por eso somos capaces de disfrutar de las novelas de Jane Austen a pesar de que se haya cumplido el bicentenario de su muerte.

Al leer estas novelas, nos introducimos en una sociedad regulada por unas normas muy claras y definidas. La mayoría de los personajes de Austen pertenecen a las clases elevadas, ya sean de la gentry (ámbito rural) o de la nobleza. Y como tales, actúan según lo dictan las reglas del momento.

Algunas de esas normas y costumbres constreñían o limitaban en mayor o menor medida ciertos aspectos de la vida, y podían resultar especialmente gravosas para las mujeres. Las obras de Austen son un fiel reflejo de la sociedad de su tiempo y es fácil que a un lector actual le sorprendan algunos usos de la época y la actitud ceremoniosa de tantos personajes. No es raro que haya muchos que encuentren todo este protocolo exagerado y carente de naturalidad.

¿Qué opinaba Jane Austen al respecto? Pienso que encontramos un fiel reflejo de su modo de pensar en un pasaje de Mansfield Park, en el que el narrador describe la situación en la que se encuentra Julia Bertram al visitar los amplios terrenos de los Rushworth. La joven Julia se ve obligada a caminar junto a la señora Rushworth, cuando ella preferiría estar junto a Henry Crawford.

Resultado de imagen de justine waddell mansfield park julia bertramThe politeness which she had been brought up to practise as a duty made it impossible for her to escape; while the want of that higher species of self-command, that just consideration of others, that knowledge of her own heart, that principle of right, which had not formed any essential part of her education, made her miserable under it

La educación recibida le impide “escapar”, ya que sabe que resultaría muy grosero. El problema es que esa educación solo ha modelado el exterior y no el interior. Sus modales no se corresponden con unos principios que la lleven a preocuparse por los demás, a buscar lo mejor para ellos, a respetarlos… Sabe qué es lo correcto y actúa en consecuencia, pero por mero formalismo.

Las reglas sociales tienen como finalidad principal facilitar la convivencia, establecer unos límites y ofrecer unas orientaciones que sirvan de guía para que todos sean tratados con respeto. Pero, dentro de esos amplios parámetros, cada persona actúa según su carácter, sus principios y sus circunstancias. Las normas de educación pueden quedarse en algo puramente formal o ser el resultado de una actitud interior. Lo ideal, por lo que nos dice Austen, es que sean un reflejo de algo más profundo. Pero, si en algún caso no es así, esas normas de conducta servirán, al menos, para marcar los límites que no se deben sobrepasar si no se quiere molestar u ofender a otras personas.

Resultado de imagen de audrey hepburn elegance quotes¿Basta con ser educado para ser elegante? No. La educación es un primer paso, pero la elegancia va mucho más allá. La educación se basa en normas, la elegancia está fundamentada en el buen gusto, la nobleza, la distinción (elevarse sobre lo vulgar) y en el refinamiento, que no implica ser un tiquismiquis, sino hacer las cosas con esmero y cuidado. Y todo esto adquiere un realce aún mayor cuando cuenta con el ingrediente secreto: la sencillez.

Existe una elegancia aparente y otra real. La elegancia aparente se puede adquirir con cierta práctica y asesoramiento. Está un peldaño por encima de la buena educación, pero queda muy lejos de la auténtica elegancia. ¿Cuál es la diferencia? La primera es una técnica, la segunda es un modo de pensar y de vivir.

Resultado de imagen de postureoLa elegancia aparente busca el reconocimiento de los demás, quiere causar un buen efecto o incluso deslumbrar. Tiene mucho que ver con el “postureo” que tan de moda está hoy en día. Solo se ejercita de cara al público. Sin embargo, la elegancia real impregna todas las facetas de la persona, está vinculada al modo de pensar y a los principios y, por lo tanto, no se ejercita solo cuando hay alguien observando, sino en todo momento.

Imagen relacionada¿Se puede diferenciar una de otra? Por supuesto, con el trato y con el tiempo. Las primeras impresiones son importantes pero no deben ser definitivas, como bien nos muestra Jane Austen en la obra que recibió ese título (First Impressions), aunque después hubo de ser rebautizada como Pride and Prejudice. En esta novela, vemos cómo la percepción de Elizabeth Bennet sobre Mr. Darcy varía con el tiempo. En un principio lo sitúa en el bando de los aparentemente elegantes y al final se da cuenta de que su elegancia es real. Al principio de la novela vemos sus formas correctas, su mente cultivada y su respeto por la etiqueta. Con el transcurso de las páginas llegamos a conocer su interior y descubrimos su valía, que alcanza el grado máximo en la mente de Lizzy cuando descubre que intervino de un modo decisivo en el affaire Lydia-Wickham, queriendo permanecer en el anonimato.

En las novelas de Jane Austen podemos hallar una gran cantidad de ejemplos de ambos tipos de elegancia, y los que conozcan estas historias sabrán la opinión de la autora sobre unos personajes y otros, y la visión que de ellos nos transmite esta genial escritora.

Resultado de imagen de mr wickhamEn el bando de los aparentemente elegantes podríamos incluir, entre muchos otros, a los siguientes personajes:

Mr. John Dashwood (hermano de Elinor y Marianne) y su esposa, Willoughby, Robert Ferrars, Mrs. Ferrars, Mr. Collins, Wickham, Caroline Bingley, Lady Catherine de Bourgh, el general Tilney, los hermanos Henry y Mary Crawford, las hermanas Bertram, sir Walter Elliot y su primogénita, Mr. Elliot, Mr. Elton y su esposa, Frank Churchill…

Imagen relacionadaY en el de los realmente elegantes:

Elinor, el coronel Brandon, Elizabeth y Jane Bennet, Mr. Darcy, el matrimonio Gardiner, los hermanos Henry y Eleanor Tilney, Catherine Morland, Fanny Price, Anne Elliot, el capitán Wentworth, Mr. Knightley, Emma (a ratos), Mrs. Weston…

Soy consciente de que he dejado a muchos personajes fuera de esta lista, pero, desde mi punto de vista, estos son los más representativos.

Como se puede apreciar, las heroínas de estas novelas y la mayoría de sus caballeros aparecen en el grupo de los realmente elegantes. Emma es un caso aparte, Edward Ferrars tiene sus momentos y Edmund Bertram… tiene más de pelele que de caballero (en mi humilde opinión). Y es que, aunque cada personaje de Austen es único, se nota que esta autora tenía una escala de valores bien definida y seleccionaba con cuidado a la pareja que iba a protagonizar cada una de sus historias.

Termino ya…

Como decía al principio, hay muchas cosas que cambian con el tiempo, y en muchos campos hemos progresado, pero creo que hay otros en los que podríamos aprender de nuestros antecesores. Puede que el problema sea que me estoy haciendo mayor xD, pero lo cierto es que a veces echo de menos esa elegancia que destilan algunos personajes de Austen.

Resultado de imagen de prohibido entrar sin camisetaEn esta época de exhibicionismo vital, en la que podemos saber intimidades de muchos con solo asomarnos a las redes sociales; cuando algunos se visten igual para ir a la playa que para asistir a la universidad; en la que hacen falta carteles que indiquen “prohibido entrar a la tienda sin camiseta”; y algunos jóvenes piensan que saben más que sus mayores porque han leído un par de panfletos y retuitean “pensamientos profundos”. En estos tiempos en los que hay gente que no valora los pequeños detalles como ceder el asiento, dejar pasar, dar las gracias con una sonrisa, pedir las cosas por favor, dejar el móvil aparcado cuando hay otras personas delante, hablar en un tono que no resulte molesto a los demás, etc… En estos tiempos, en los que también hay mucha gente elegante, la lectura de Austen puede ser un soplo de aire fresco, una fuente de inspiración y un termómetro para medir nuestra sensibilidad al respecto.

Por supuesto que cada época tiene sus reglas y no hay que quedarse anclados en el pasado. Pero tampoco pensemos que todo cambio es positivo. Progresar es ir a mejor, no tirar pa’alante y ya veremos qué pasa.

En la entrada anterior, Elena Truan hablaba del feminismo y Jane Austen. Sin querer llevar la contraria a nuestra presidenta, a la que me une el afecto, el agradecimiento y muchas horas de trabajo compartido, me atrevo a ir un paso más allá al decir que Jane Austen no es feminista -ni machista-, sino personalista. No como pertenecedora a esa corriente filosófica, sino como defensora de la persona, de cada persona, independientemente de su edad, sexo, creencias o condición social. Cada uno es cada uno y todos merecemos un respeto. Y el que entiende eso podrá alcanzar la elegancia de dos de sus grandes personajes:

Imagen relacionadaImagen relacionadaLa elegancia de Mr. Knightley, que es capaz de moverse en distintos ambientes, velar por sus vecinos más desfavorecidos y cantarle las cuarenta a Emma cuando se pasa de la raya. Y la elegancia innata de Lizzy, que resplandece aún más al compararla con otros miembros de su familia. Una elegancia que le permite enfrentarse a Lady Catherine de igual a igual, a pesar de los pesares; y la elegancia que le permite reconocer su error y cambiar de actitud.

Gracias, Jane por tantas cosas… Y por tus lecciones de elegancia.

Por Miguel Ángel Jordán

 

 

De Taylor, Emma y Jane: feminismo y hermandad.

No voy a empezar la entrada de esta semana con una frase introductoria de Jane Austen y su transcendencia universal, tema que es de sobra conocido por mis queridos seguidores. Hoy abordamos un tema mucho más cercano a nuestras hijas, nietas, hermanas, madres y amigas: el feminismo de Jane Austen. No obstante, antes de preparar en sus cabezas los distintos argumentos que defienden su posición, déjenme decirles que no voy a lanzar al aire la famosa pregunta: “¿Fue Jane Austen feminista? La verdad, según cómo se mire, la respuesta puede ser sí o no. La inexistencia del feminismo como tal en la época de Regencia deja a nuestra autora en dudosa posición. Porque no importa cuánto de revolucionaria fuera una mujer si su época la ataba a ciertos prejuicios que al lector del siglo XXI, fácilmente ofendido y que camina de puntillas entre los términos potencialmente desafortunados, siempre verán como demasiado tradicionales. Permítanme, pues, que reconduzca mi tesis y replantee el tema a abordar: No será el feminismo de Jane Austen, sino en el feminismo en Jane Austen, y no como ella decidiera plantearlo (sin saberlo), sino cómo está plasmado (siendo ella menos consciente aún).

Aún es pronto para saber si el mundo está recibiendo las gotas liberadoras de una cuarta ola de feminismo (sí, señores, ha habido olas de feminismo en la historia de la Humanidad) o si nos impulsamos bajo los coletazos de la tercera ola feminista, evolucionada y aún más fuerte. No obstante, lo que sí es cierto es que ha ganado impulso en los últimos años, y la lucha continúa por mejorar los derechos de la población femenina. Y eso se refleja en las figuras influyentes de la sociedad, como el Girl Power que defienden algunas dignas sucesoras de Madonna, icono de liberación sexual. Son sucesoras de todos los colores, pero del mismo tamaño: muy grandes. Desde Beyoncé, al grito de “Girls, we run this Mother Earth” en Run the World (Girls), que incluso concede becas a mujeres que desean estudiar, hasta Taylor Swift, la odiada y amada niña bonita del pop que ha pasado de escribir historias de amor de instituto a escribir riéndose de sus haters  y hasta de sí misma, predicando el amor a una misma. Pasando por Lady Gaga, que interpretó en los premios Oscar una emotiva canción dedicada nada menos que a las víctimas de abusos sexuales, y Emma Watson, que ha desafiado al encasillamiento quitándose la túnica de Hogwarts para convertirse en embajadora ante las Naciones Unidas de un movimiento feminista, HeForShe.

 

Es interesante observar los ejemplos que establecen iconos como éstos en cuanto a las relaciones entre mujeres, ejemplos que las jóvenes y no tan jóvenes que las siguen van a imitar. Hace tiempo leí un artículo sobre cómo se las había arreglado Taylor Swift para conseguir aumentar su popularidad y sus seguidores con una base de fans tan limitada y otra de acérrimos enemigos tan extensa. La respuesta era simple: Taylor comenzó su carrera con canciones de autocompasión como White Horse o Teardrops on my Guitar, y villanizando a toda rival femenina que le pusiera por delante, como en You Belong With Me. Poco a poco, Taylor evolucionó a canciones sobre sí misma, sus fines de relación y las razones detrás como en The Story of Us, y comenzó a reírse de aquellos que la odiaban en Shake It Off  y We Are Never Ever Getting Back Together, en las que ya de paso, hacía un poco el ridículo en el vídeo para demostrar que no le importaba que se rieran de ella. No sólo eso: Taylor Swift se rodeó de las modelos, cantantes, y actrices más exitosas, jóvenes y guapas del panorama mundial. Creó un #squad. Y todas las mujeres que la seguían soñaban con formar parte de ese #squad de mujeres que se ayudaban, se querían, se apreciaban. Hacían tartas, celebraban el 4 de Julio, y salían de fiesta juntas: todo juntas. Era la Taylor Swift feminista, la que apostaba por crear una hermandad de mujeres, reírse de sí misma, quererse a sí misma, e ignorar, o contestar con estilo y chulería (Bad Blood) a aquellos que querían despojarla de su éxito.

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Es un caso distinto, pero igual de (y para mi gusto, más) inspirador que el de Swift, el que encontramos en Emma Watson,  heroína bruja de nombre Austeniano (Emma Watson es el nombre de la heroína de la inacabada The Watsons) y firmes convicciones. Si había mucho de ella en la Hermione Granger valiente e inteligente, determinada y trabajadora que J.K. Rowling escribió, o si bien Hermione, formando parte de su vida desde tan tierna edad, imprimió muchos valores en el carácter de la joven actriz, no podemos saberlo: tal vez ambas cosas. Lo que sí es cierto es que Emma Watson ha permanecido fiel a su imagen de heroína feminista de cabeza pensante para establecer buen ejemplo en las mujeres del futuro, más que el que ya estableció su personaje de Harry Potter. En su discurso para las Naciones Unidas, hablando de HeForShe, defendió los valores feministas no sólo enfocados a las mujeres, sino tratando de incluir a toda la población: hacía el mismo daño a los hombres condenar a las mujeres por salirse de su estereotipo de género. Los hombres también tenían derecho a llorar y ser sensibles, tanto como las mujeres a trabajar en “trabajo de hombres”, etc.

ac_emmawatson_vanityfair_compA veces se les tira piedras a los pájaros porque pueden volar; por defender valores como éstos se la criticó con dureza, especialmente cuando en medio de la promoción de su nueva película, La Bella y la Bestia, (otra heroína feminista que apuesta por la lectura y la sensibilidad sobre la apariencia física) apareció fotografiada para una revista semidesnuda. “No entiendo lo que tienen que ver mis pechos con ser feminista o no”, se desesperaba ella, “el feminismo no es un palo con el que golpear a otras mujeres”

 

¿Qué tiene que ver Jane Austen con estas famosas? se preguntarán ustedes. Jane Austen nos enseña mucho sobre las relaciones; pero no solo sobre las relaciones románticas entre un hombre y una mujer; es importante observar la atención a las relaciones entre mujeres en las novelas de Jane Austen. Northanger Abbey reserva a Isabella Thorpe, quien ha empujado y utilizado a Catherine, un destino poco favorable; mujeres como Lucy Steele, las hermanas Bertram, Mary Crawford, Mrs. Elton, Miss Bingley… Son consideradas antagonistas de las heroínas, y su conducta es castigada por las circunstancias. ¿Lo que tienen en común? Actuar en contra de otras mujeres, en lugar de buscar la forma de ayudarse entre ellas. Incluso Emma es censurada por manipular a su amiga Harriet o burlarse de Miss Bates; la rivalidad entre ella y Jane Fairfax es, igualmente señalada como inexplicable, e injusta al final de la novela. En cambio, las influencias positivas en las heroínas van siempre marcadas por relaciones sanas entre mujeres, mujeres que necesitan y más aún en la sociedad criticada, que no las favorece, ayuda unas de otras. Así, es premiada la buena relación entre las hermanas mayores Bennet, la tranquila amistad de Catherine y Eleanor; la comunicación, más que el destacar las diferencias, de Elinor y Marianne; la relación fraternal entre Emma y su antigua institutriz, que la provee de buenos consejos; y las buenas intenciones de la amiga pobre, pero buena, de Anne. Si bien puede ser arriesgado hablar de feminismo como tal en Jane Austen, bien es fácil ver en sus novelas la defensa de la hermandad entre mujeres; un ejemplo más de la actualidad de Jane Austen, su prominencia como icono para las mujeres, y su universal sabiduría. “El feminismo es sobre darle a las mujeres elección”, dice Watson en el anterior vídeo. Y la defensa de esto es precisamente lo que muchas veces cause lso conflictos en las novelas de Austen. Para buscar valores que queremos en nuestro presente, de la mano de modelos femeninos, a veces podemos ir al pasado, a visitar figuras como la querida Jane.

Por Elena Truan