DO YOU HATE MONDAYS? TRABAJOS Y OFICIOS EN LAS OBRAS DE JANE AUSTEN

Resultado de imagen de i dont hate mondayA los lectores actuales sueles llamarles la atención la gran cantidad de tiempo de ocio del que disponen los protagonistas de las novelas de Jane Austen. Parece que estos personajes se dediquen tan solo a pasear, visitarse unos a otros, organizar excursiones al campo, asistir a bailes, alojarse en casas de amigos y familiares durante semanas o incluso meses, tomar las aguas en Bath, ir de compras, etc. En ocasiones se habla de viajes de negocios, pero tampoco da la impresión de que los que los protagonizan se vean encorsetados por una apretada agenda. La pregunta habitual que se hacen muchos lectores es: “¿pero es que esta gente no trabajaba?”. Y la respuesta podría ser: no, si podían evitarlo.

Al leer estas obras comprendemos que trabajar para lograr un sustento es la última opción, el último recurso cuando todos los demás han fracasado. Un joven de buena familia puede dedicarse a ciertas profesiones, pero será más para ocupar su tiempo que por necesidad. Cualquier persona, en general, puede desarrollar algunas actividades, pero siempre por gusto, para cultivar sus aficiones o mostrar sus destrezas. De ese modo, el trabajo será algo digno y no una esclavitud que acabe con la salud y estropee la apariencia del que lo realiza..

Resultado de imagen de edward ferrarsUn ejemplo claro de lo que esto significaba para los jóvenes lo tenemos en Edward Ferrars. En una visita a la familia Dashwood, el bondadoso caballero se muestra con un estado de ánimo bastante decaído. Achacando esta situación a la falta de actividad, Mrs. Dashwood, que había inculcado en sus hijas el aprovechamiento del tiempo, adopta una actitud maternal hacia su invitado y le recomienda que busque un empleo, no para ganar dinero, sino para tener algo que hacer. En la respuesta de Edward se reflejan perfectamente las posibilidades que se les abrían a los jóvenes de alta cuna, las opiniones de distintos sectores de la sociedad, las consecuencias de elegir uno u otro camino, y la actitud de muchos de ellos a la hora de escoger una ruta profesional.

Nunca pudimos ponernos de acuerdo en la elección de una profesión. Yo siempre preferí la iglesia, como lo sigo haciendo. Pero eso no era bastante elegante para mi familia. Ellos recomendaban una carrera militar. Eso era demasiado elegante para mí. En cuanto al ejercicio de las leyes, le concedieron la gracia de considerarla una profesión bastante decorosa; muchos jóvenes con despachos en alguna asociación de abogados de Londres han logrado una muy buena llegada a los círculos más importantes, y se pasean por la ciudad conduciendo calesas muy a la moda. Pero yo no tenía ninguna inclinación por las leyes, ni siquiera en esta forma harto menos abstrusa de ellas que mi familia aprobaba. En cuanto a la marina, tenía la ventaja de ser de buen tono, pero yo ya era demasiado mayor para ingresar a ella cuando se empezó a hablar del tema; y, a la larga, como no había verdadera necesidad de que tuviera una profesión, dado que podía ser igual de garboso y dispendioso con una chaqueta roja sobre los hombros o sin ella, se terminó por decidir que el ocio era lo más ventajoso y honorable.

Resultado de imagen de edmund bertram mary crawfordCaso distinto sería el de los hijos de familias de buena posición, pero que –al no ser los principales herederos– se ven obligados a buscar un empleo que les permita mantener su ritmo de vida sin descender, más de lo imprescindible, en la escala social. En el ejemplo anterior hemos visto las posibilidades que se barajaban, y en el siguiente las entenderemos con más detalle, al escuchar la conversación entre Edmund Bertram y Mary Crawford.

–De modo que va a convertirse usted en un sacerdote, Mr. Bertram. Es una sorpresa para mí. ––¿Por qué había de sorprenderla? Tenía usted que suponerme destinado a alguna profesión, y pudo darse cuenta de que yo no era abogado, ni militar, ni marino.

–Muy cierto; pero, en definitiva, no se me había ocurrido. Y ya sabe usted que suele haber un tío o un abuelo que deja una fortuna al segundón de una familia.

–Una costumbre muy encomiable ––dijo Edmund––, pero no universal. Yo soy una de las excepciones y, por serlo, debo hacer algo por mi cuenta.

 –Pero, ¿por qué ha de ser clérigo? Yo creí que, en todo caso, eso era el destino del hermano más joven, cuando había muchos otros con derecho de prioridad en la elección de carrera.

Es decir, si no hay un familiar que deje una buena suma para el segundo hijo, este tendrá que buscar un trabajo. ¿Cuál? La Iglesia, la ley, el ejército o la marina (importante distinción que quizás se nos escapa hoy en día) son las propuestas que encontramos repetidas. Por lo que dice Mary, la Iglesia era el lote del más pequeño, los restos del pastel que habían dejado sus hermanos. Salvo en el caso de unos pocos que, como Edmund, entraban en ese camino por convicciones propias.

Esta distinción entre el hijo mayor (eldest son) y los otros, ausente en la mayoría de ámbitos en la cultura occidental actual, es un tema repetido en varias de las obras de Austen como un reflejo más de la sociedad de su tiempo. Podemos detectar la visión de la autora sobre esta realidad en sus novelas. En la mitad de ellas, la familia protagonista no cuenta con un second son, sino que el núcleo familiar está conformado por mujeres, como ocurre en Pride and Prejudice, Emma, Persuasion, o incluso Sense and Sensibility; aunque en esta última sí hay un hermano mayor entre las Dashwood. En las obras en las que aparece un second son, este acaba siendo el privilegiado que obtiene el amor de la protagonista, recibiremos una visión positiva de su personalidad y se nos despertará cierta compasión hacia sus circunstancias. Tal es el caso de Edward Ferrars, Henry Tilney y Edmund Bertram.

Por Miguel Ángel Jordán

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