LATIENDO AL UNÍSONO

Latiendo al unísono con las últimas frases de Persuasión, lanzo un suspiro liberando el aire que sobra cuando la emoción contenida te mantiene atrapada desde muy dentro.

Es una historia bañada de melancolía, tejida con sentimientos que todo lector con sensibilidad puede percibir como propios; una melodía lenta y cadenciosa que transmite ternura, pasión resguardada y que va in crescendo de la mano de Anne Elliot, acompasada por su propia evolución interior y ese destino justo que repara una decisión tan desacertada como poco natural, logrando un final merecido y deseado: ”la evolución natural de un comienzo antinatural.”

La vida de Anne está marcada por el desafecto desnaturalizado de una familia que tiene poco de honrosa, donde los títulos, la fortuna, la vanidad, la superficialidad emocional y la escasez de inteligencia a todos los niveles la llenan de dolor. Siempre necesitada de un abrazo verdadero y confiado, lo encuentra sólo en la sustitución de la figura maternal, lady Russell, el único vínculo  que la sostiene y le permite costosamente remendar sus profundas  heridas. Para el resto del mundo solo era Anne.

Ella atesora dulzura y fortaleza interior frente a la adversidad, está obligada a caminar en la invisibilidad, a manejarse entre sombras, decepciones, desprecio y dolor como únicos compañeros. Acostumbrada a ceder por estrategia para sobrevivir, cae en la trampa de un persuasivo consejo formulado desde un sentimiento maternal, pero que tan sólo consigue confundirla y hacerle creer en un deber que se convierte en el acto más sensato: el deber de abandonar un amor tan apasionado como verdadero. Por ello y a pesar de ello, queda rota y necesitada de los más intensos consuelos que de ningún modo recibirá.

Se han perdido y para siempre.

Por su parte, Wentworth debe realizar un duro trayecto personal desde el rechazo y la pérdida de su único gran amor cuando se siente totalmente enganchado a su esencia. Encontró en Anne lo que siempre había buscado y recibe un golpe tan duro que tumba cualquier atisbo de esperanza y lo sume en un triste resentimiento; pero éste no es más que un mal disfraz de su agonía, que se desmorona con la angustiosa sensación de volver a perderse de nuevo, precísamente cuando el destino acaba de concederles el regalo maravilloso de una segunda oportunidad.

Ambos creían haber borrado el afecto mutuo, pero inconscientemente siguen rechazando las oportunidades que van apareciendo en su vida como si en algún lugar de su interior quedase una mínima luz, un rescoldo, un mínimo resquicio por donde pueda colarse lo imposible.

Eran merecedores el uno del otro.

“Habría sido imposible encontrar dos gustos más semejantes, dos sentimientos más armónicos, dos semblantes más amados. Y sin embargo, ahora eran dos extraños; no, incluso peor que extraños, porque los extraños pueden terminar conociéndose. Estaban distanciados para siempre.”

La pérdida de alguien que ha cautivado e invadido de forma tan intensa su interior logra transformar a una muchacha bonita, dulce, recatada, refinada y sensible en una mujer apagada y consumida, sin brillo en la mirada. Sin necesidad de culpar a nadie, aprende la lección. Los prejuicios ajenos y la necesidad natural de encontrar un refugio por las circunstancias que la rodeaban fueron los peores consejeros a la hora de tomar una decisión que tornaría la felicidad en tristeza y el recuerdo en olvido. Un poso de sentimientos que ahora viaja a la deriva. Anclada a un paisaje otoñal interior.

Y por fin, el reencuentro inesperado.

Es preciosa la descripción de las primeras veces en las que coinciden, la lenta evolución de los personajes hacia lo que resulta previsible, si no forzoso, cuando los sentimientos son constantes e imperecederos.

Anne atesora cada mínimo gesto que proviene de Wentworth, un cruce de miradas, el episodio con su pequeño sobrino, la ayuda a subir en el carruaje… tantos pequeños gestos que la hacen reflexionar y analizar constantemente sobre su comportamiento hacia ella. A veces siente que debería pasar desapercibida ante un rechazo que cree seguro, pero no puede evitar el arrebol de sus mejillas y las muestras del maremoto de emociones que le provoca su presencia. Su ser es receptivo e insubordinado, posee una rebeldía que es imposible de controlar, somatizando cada oleada de emociones y sentimientos que escapan para mostrarse al mundo. Una mujer apasionada.

Wentworth tiene que redescubrir a Anne, volver a verla tal y como es, y también analiza sus gestos, palabras y comportamiento. Y nota cómo se aviva la llama nunca del todo apagada cuando se encuentra con una mujer que sigue conservando la dulzura que lo cautivó y la firmeza de espíritu que le permiten tomar decisiones por ella misma. La figura de Anne se perfila con la más delicada paleta de colores que podría manejar el mejor de los artistas. Está cautivado, el autoengaño ya no le consuela. Es Anne, su Anne.

A partir de este punto, los caminos se cruzan de nuevo y son conscientes de esa segunda oportunidad con la que el destino, mágicamente y siendo justo, ha conseguido unirlos de nuevo.

No pueden perderse. No deben. Ahora es lo prudente y conveniente, lo obligado.

Wentworth no ha encontrado a nadie que pueda conquistarlo tan intensamente como lo ha hecho Anne. Y ella florece, renace hacia el exterior, cuando la ilusión y la esperanza invaden su interior.

Al llegar a esa apasionada carta del capitán, todos los que hemos leído Persuasión vivimos, como él, “entre la agonía y la esperanza”.

A mí también me traspasó el alma, hizo encender mis mejillas sintiendo esa pasión dulce y contenida que transforma un sentimiento otoñal finalmente en un “verano interior invencible” parafraseando a Camus.

Gracias, querida Anne, por llevarme de tu mano, por mostrarte y compartir contigo sentimientos tan intensos como verdaderos y que finalmente han conseguido que me embargue la emoción cuando la sabia, sensible e inteligente pluma de Austen hace que volvamos a creer en las segundas oportunidades, en la justicia del verbo deber carente de un único criterio, en la unión de dos personas que sobrepasan en valor a sus circunstancias.

Por Mª Ángeles Lorente

Socia de JASES

 

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QUERIDA ANNE

Mi querida Anne:

El tiempo para el autoengaño ha pasado para ti: terminó con el rechazo de aquella propuesta, ocho años atrás. Desde entonces te has vuelto consciente de ti misma, plenamente consciente de tus propias cualidades y faltas. A diferencia de todos quienes te rodean, sabes quién eres, cabal y puntualmente.

Demasiado madura y demasiado sabia para desempeñar un papel en lo que lo que podría ser una comedia, tu historia dista mucho de serlo. A diferencia de lo que ocurrió con tus amigas Catherine, Lizzy o Emma, no ha podido pasar sobre ti la famosa ironía de tu creadora, de tu alter ego Jane. Sí, así la llamo, porque ella era como tú, una persona que sólo puede ser tomada en serio y en cuyos razonamientos se puede confiar; una observadora pasiva, cuyo papel es escuchar y entender, que sufre de soledad intelectual.

Por eso hay muchos que no saben verte, que sólo te miran de reojo, como lo hace tu propia familia, y se quedan con la idea de ser una mujer apocada, que se deja persuadir y no es capaz de rebelarse y hacer valer sus sentimientos. Pero no ven que tu función como espectadora y oyente no es estrictamente pasiva; también te concede poder. Para ti la mirada es un medio de comunicación y de análisis más eficaz que las palabras; a través de tu mirada aprendemos a juzgar a otros personajes, porque previamente tú las has juzgado, y lo haces correctamente, nunca fallas en tu juicio. Fuiste la única que adivinó la posibilidad de que el capitán Benwick pudiera enamorarse de nuevo, y la menos sorprendida con su compromiso con Louise. Sólo tú te diste cuenta que algo no encajaba en la fría impecabilidad de Mr. Elliot. Incluso fuiste siempre certera en tus especulaciones acerca de los sentimientos de Wentworth en cada momento.

Silenciosa, reflexiva, constante… todas tus cualidades te llevan a ser un verdadero modelo de circunspección, pero no por ello dejan de brillar con intensidad tus emociones. Tu carácter emocional, del que no puedes escapar, es lo más atrayente de ti. Quizá esperabas haber superado la edad del rubor, pero la edad de la emoción no lo ha hecho. Sientes mucho más de lo tolerable y no siempre eres capaz de ocultarlo. Tus emociones son tan fuertes que afectan a tu cuerpo y también a tu comportamiento, hasta el punto de parecer que saltas de una crisis emocional a la siguiente.

Es encantador observar tus mejillas encendidas cada vez que tu interior se agita, cada vez que piensas en él, cuando te asaltan ciertos recuerdos, al saber que seguía libre e incluso cercano. Por ejemplo, cuando te liberó del acoso de tu insufrible sobrinito, te sentiste tan abrumada que no pudiste siquiera hablar por un tiempo y sentiste la necesidad de salir de la habitación para recuperar el equilibrio. O cuando leíste aquella carta en la que confesó sin reservas el amor que siente por ti; te atravesó una felicidad tan abrumadora que fuiste capaz de fingir que estabas indispuesta para ocultar tus emociones a los demás. Pero tu emoción era tan intensa y era tan fácil de creer esa excusa, que «todos pudieron comprobar que estaba muy enferma».

Y es que todos tus cambios en el interior tienen efectos en tu apariencia exterior. La mente, el corazón y el cuerpo están tan estrechamente entremezclados en ti que es casi imposible separarlos. Todo lo que atraviesa tu interior sale al exterior de manera evidente; para quien te sabe ver, tu cuerpo refleja tu estado y tu evolución de manera puntual. Si al principio de su relato Jane te describió con frescura marchita, demasiado delgada y consumida, con el paso de los días, y tu espíritu expandiéndose poco a poco; «tus bonitos y armoniosos rasgos habían recuperado el esplendor y la frescura de la juventud, merced a la brisa que había iluminado tu tez y otorgado vivacidad a tu mirada». Incluso tu voz refleja el desarrollo de tu ánimo, que se transforma pasando de ser una persona silenciosa y evanescente de veintisiete años a una mujer joven mucho más segura de sí misma.

Mi querida Anne, me gustas porque amas profunda, desesperadamente, sin mucha oportunidad para realizar plenamente tu amor verdadero, pero, a pesar de ello, manteniendo la suavidad de tu corazón y la bondad de tu mente.

Siempre, sinceramente tuyo,

 

F.

Por Fernando García Pañeda