Del baile en el Congreso Jane Austen

Nerviosos y emocionados, los asistentes al congreso de Jane Austen en el CEU fuimos dirigidos a nuestro salón de baile particular: el salón de actos del colegio mayor, adyacente a la facultad de Económicas. Pablo Gutiérrez, director del congreso, lideró al grupo hasta el sitio; pero algunos se escaparon por el camino hacia el baño, con misteriosas bolsas en las manos y sin que gran parte del público sospechase que llevaban el equipo completo para asistir a un baile.

El director del grupo de teatro nos ofreció tres vestidos de época, de los cuales dos fueron elegidos por dos entusiastas; eran más dieciochescos que de Regencia, pero aún así estoy segura de que habrían hecho brillar de entusiasmo los ojos de Lydia Bennet. Pero, ¿creen que esto fue sólo cosa de mujeres? No, señor. Pablo Gutiérrez no se libró de participar cuando le ofrecieron una bonita chaqueta marrón con detalles dorados que bien podría haber servido para hacer un Shakespeare, pero que también podría pertenecer al señor Darcy en casos de apuro; y he de decir que estaba fantástico.

Cuando apareció la profesora de baile pidiendo voluntarios empezaron las dudas; no todo el mundo quería apuntarse. Muchos comunicantes se sentaron discretamente con la cámara en las manos, como asegurando su posición de meros fotógrafos. El profesor Jenkyns se sentó de inmediato, y observó la escena desde la distancia con aparente hilaridad (suponemos que en Bath estas cosas se hacen mejor, pero tiempo al tiempo). Y entonces aparecieron los demás: Mari Carmen Romero, de El Sitio de Jane, llevaba un vestido azul intenso que destaca en las imágenes que ofrezco por su color y corte magníficos; Mila Cahué se apuntó al estilo Lady Catherine de Bourgh e hizo su entrada con un regio vestido aterciopelado marrón, collar de perlas, y plumas en el cuello y en el cabello. Aún hubo otros dos modelos de Regencia más sencillos, de colores suaves y  corte desenfadado. Una pareja apareció también vestida: ella, con un vestido largo moderno pero romántico; él, con el equipo completo de chaleco, corbatín, chistera… ¡y patillas!

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Gracias a estos valientes y elegantes participantes, mucha gente se animó (esta humilde autora incluida), y el escenario pronto estuvo tan lleno que Catherine Morland y Mrs. Allen habrían suspirado por volver a los “tranquilos” bailes de Bath. El hecho de que todos fuéramos novatos no ayudó mucho. La paciente profesora de baile soportó parones, risas, pisotones, preguntas (¿pero a tu derecha o a mi derecha? ¿esto con qué pie?) hasta que le cogimos el truco. Y es que aprendiendo esto uno no subestima las numerosas lecciones de baile que soportaban las heroínas austenianas, la importancia de lucir dicha habilidad tras tanto esfuerzo, y lo que es más, la facilidad con la que parecen aprenderse tantos bailes distintos.

Pues sepan, lectores, que en nuestro baile, que sólo era uno y algo simplificado, había tres “fases” con distintos pasos a aprender. Yo tuve la suerte de bailar con uno de los dos hombres que había sobre el escenario, Pablo Gutiérrez y su chaqueta Shakespeariana, que supo llevar como si fuera el mismísimo Willoughby, y puedo asegurar que ninguno de los dos lo encontramos sencillo. No puedo hablar por aquellas que llevaban un vestido adecuado para la época, pero sí las vi tropezar de vez en cuando con dobladillo. ¡Qué mérito! Estoy segura de que ellas tampoco lo encontraron fácil.

Lo primero era más o menos fácil (comparado con lo que vendría después, aunque nos quejamos todos desde el principio). Una bonita vuelta alrededor de la chica (ver gif) repetida por la chica alrededor del chico. Un brazo delante y uno detras y girar uno alrededor de otro. ¡Con reverencia incluida! Pura gracia y elegancia, y la única dificultad consistió en saber por qué lado abordar a la pareja.

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Lo siguiente también era fácil, y tremendamente divertido, pues lo hemos visto todas en numerosas películas: dar las manos a la pareja, manteniéndolas en alto, dar unos pasos de un lado a otro y… ¡pasar por el túnel!

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Pero, ay amigo, la cosa se complicó. Siendo dos filas de parejas, las dos filas que daban al interior del escenario debían formar un corro, y las dos filas exteriores, otro. ¿Me siguen? Yo tampoco. Pero una vez formado un corro, que es lo que importa, tu pareja pasa a ser el hombre de tu derecha. Tras darse las manos como en el corro de la patata, y dar tres pasitos a la izquierda, toda señorita que se precie debe enrollarse cruzando los brazos SIN SOLTAR sus manos del corro. Como si Emma no tuviera más problemas en los que pensar. Luego puede una soltarse de la pareja que no le corresponde, quedándose con un solo hombre, y dar una graciosa vuelta, o dos.

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Y por último, se ha de recorrer el círculo intercalándose unos con otros con esa especie de “choca esos cinco” tan propio de los bailes de época. Y creo que en el último momento se añadió algo de caminar entrelazando los brazos y cambiando de lado cada tres pasos… No todo el mundo pudo seguir esa parte.

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Veredicto de la velada: La falta de caballeros y el hecho de ser impares no hizo mucho en favor de los bailarines, pero a pesar de ser novatos se calcula que en dos lecciones intensivas entre las lecciones de piano, pintura y francés se dominaría al menos un par de danzas.

También cabe mencionar que además de pasar mucho calor en el proceso (lo cual nos hace comprender aquellas mangas cortas en plena Inglaterra y las ingentes cantidades de oporto y ponche que se servían en los bailes), mantener ingeniosas discusiones con la pareja de baile al mismo tiempo que se siguen los pasos es imposible. O bien requiere un nivel de maestría que sólo se consigue si se deja la carrera y el colegio, se olvida una de escribir esos poemas, y se deja de una vez por todas el pianoforte, que después de oír a Jane Fairfax prefería dejarlo de todos modos.

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